LOVING YOU COULD BE SO EASY...

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La lluvia mojaba el suelo de Nueva York y las calles estaban desiertas. Los edificios se alzaban, imponentes, como gigantes de metal y vidrio entre la neblina que se extendía por toda la ciudad.

Un chico de pelo rizado caminaba sin prisa bajo el aguacero. Sus rizos castaños goteaban sobre su frente y el agua de lluvia se confundía con las lágrimas que derramaban sus ojos color café. Todo el horror que había vivido en los últimos tiempos se diluía con sus lágrimas y resbalaba por sus mejillas. Había añorado la sensación que provocaba en su cuerpo el aire frío de enero y el olor de la lluvia mojando la acera. Pero lo que más había añorado era a ella. Ella era la razón por la que estaba allí ahora.

A pesar del frío solo lo cubrían unos vaqueros y una camisa blanca que, empapada, se adhería a su cuerpo dejando entrever las formas de su esculpido torso. A la espalda llevaba una bolsa con el símbolo de la armada americana bordado en la tela. El joven vagaba sin rumbo, deambulando por las solitarias calles y, sin quererlo, sus pasos le llevaron hasta la puerta de una casa de aspecto antiguo y lujoso.

« - Bésame. – susurró la chica, dibujando una sonrisa en su rostro. Él no necesitó más palabras. Se inclinó allí mismo, delante de la puerta de la casa de ella, y rozó sus labios con los de la joven. Al principio fue un beso tímido, inexperto, pero poco a poco se intensificó. Las lenguas de los dos bailaban una danza tan apasionada como desesperada, y eso era lo que les impulsaba a acercarse más el uno al otro; el miedo a verse separados. »

Centenares de recuerdos se agolpaban en su mente y, aunque intentó ahuyentarlos, permanecieron ahí, torturándole. Su dedo se dirigió automáticamente hacia el timbre y lo presionó. Una melodía se oyó lejana, no sonaba como un timbre convencional. El chico de pelo rizado sonrió, supo que ella había elegido esa melodía, porque todo en ella era poco convencional, siempre había sido especial, única. Quizá por eso nunca había dejado de amarla.

Un hombre de cabello canoso abrió la puerta y le miró, expectante.

- Buenas noches señor.- dijo, haciendo gala de su caballerosa amabilidad.- Siento molestarle a esta hora tan inapropiada. Mi nombre es Nicholas Jerry Jonas y busco a una familia que vivía aquí hace algunos años.

El hombre sonrió, benevolente, y tardó algunos segundos en contestar.

- Por tu juventud asumo que no debes buscar a los señores White, sino a su hija, Alessandra. Tengo la información que buscas, Nicholas.

El corazón del muchacho dio un vuelco al escuchar el nombre de ella, aunque él nunca la llamaba así. Para él siempre había sido Alex.

– La chica se marchó de casa de sus padres hará unos tres años. Se casó el año pasado, con un joven de buena familia. Ahora viven en una gran mansión, detrás de aquella colina.

El hombre señaló con la cabeza un punto en dirección al este, y siguió hablando pero Nicholas ya no estaba atento. Su mundo se había parado. Alex, su Alex… ¿Casada? No pudo evitar recordar las últimas palabras que habían intercambiado en el puerto, justo antes de que él zarpara en dirección a Europa, a la guerra.

« - Alex, antes de irme quiero que sepas una cosa.- había dicho Nicholas, apoyando las manos en la cintura de ella. – Haces que mi vida valga la pena, voy a sobrevivir a esto y lo haré solo para volverte a ver.

Las lágrimas asomaban por los ojos de ella cuando abrazó al joven soldado.

- Te quiero Nicholas.- murmuró contra el pecho de éste. – Y voy a estar siempre aquí para ti. Jamás voy a dejar de esperarte. »

Olvidando sus buenos modales Nicholas echó a correr. Las gotas de agua le mojaban la cara y un fuerte dolor atravesaba su pecho. No bajó la velocidad en ningún momento hasta llegar a la mansión de la que el anciano le había hablado. Jadeando y exhausto se detuvo ante la gran verja metálica. No le costó demasiado saltarla, y una vez dentro se acercó lentamente a las ventanas del gran palacio. Dentro una luz tenue iluminaba la estancia, decorada sobriamente. No parecía un hogar adecuado para Alex. Demasiado serio, demasiado… formal.

Nicholas creyó morir al ver el rostro del hombre que descansaba en el sofá, mirando fijamente las llamas del centelleante fuego que, desde la chimenea daba calor y luz a toda la habitación.

- Jo… Joe.- balbució.

Su hermano y el amor de su vida… ¿juntos? ¿Cómo habían sido capaces de hacerle eso? La sola imagen de la pareja durmiendo abrazada volvió loco a Nicholas, que empezó a aporrear violentamente la ventana.

Joe, su hermano, su mejor amigo, se giró súbitamente, mientras sus ojos se abrían de la sorpresa. No podía dar crédito a lo que veía.

Salió deprisa al jardín, donde Nicholas le esperaba, furioso. El cielo se empezaba a teñir de negro pero la tormenta no cesaba y pronto Joe quedó tan mojado como su hermano.

- Nick… ¿Qué… qué haces aquí? – tartamudeó Joe, todavía sin creer que el soldado hubiera regresado.

- He venido a ver a Alex, Joey. Y me dijeron que podría encontrarla aquí… En vuestra casa. – dijo Nicholas con rabia contenida, enfatizando la palabra “vuestra”. – ¿CÓMO HAS SIDO CAPAZ? – gritó. – Ella es todo lo que me importa en este mundo y tú lo sabías Joe. Lo sabías y me la has arrebatado.

En realidad, en el fondo de su mente Nicholas no culpaba a Joe. Él mismo estaba perdidamente enamorado de aquella chica de ojos grises, así que podía entender que su hermano sintiera lo mismo. Pero… ¿Alex? Ella le había jurado esperarle. Ella le había asegurado que le amaba. Y ahora le había olvidado.

- ¡Pensábamos que habías muerto Nick! ¡Alex estaba sola! No dejaba que nadie se acercara a ella. Yo intenté ayudarla… ¡Por ti! Sabía lo que ella te importaba y no quería verla triste. Pasó el tiempo y ella empezó a recuperarse. Nos hicimos amigos ya que a los dos nos unía lo mismo; el dolor de tu pérdida. Lo del matrimonio simplemente… Ocurrió. Los dos teníamos que hacer algo con nuestras vidas y que nos casáramos es lo que todo el mundo consideró correcto.

Nicholas rió amargamente.

- Me vas a decir que tu mujer y tú solo sois… ¿amigos? ¿Me estás diciendo que no la has besado? ¿Que no te has acostado con ella? ¿De verdad crees que me voy a creer todo ese rollo? Venga ya Joe. Lo siento mucho, pero te conozco mejor de lo que nadie te conoce. Sé que la quieres. Y eso me basta para sentirme traicionado.

Joe no contestó. Nicholas había dado en el clavo.

De repente, se oyó la puerta y Alex se asomó al jardín.

- Joe, cariño, entra que te vas a moj… - su voz se apagó de repente, al ver al joven soldado en su jardín, con la mirada triste y empapado de agua de lluvia.

« - Ya hemos llegado.- le susurró Nicholas al oído, mientras le quitaba las manos de los ojos.

La belleza del lugar abrumó a Alex, que jamás había visto nada parecido. Estaban frente a una cabaña, en mitad del bosque. La cabaña era de madera y entre los tablones de madera había hiedra, de modo que la cabaña estaba adornada por las hojas verdes de éstas. Alrededor de la cabaña, en el suelo, crecían centenares de margaritas amarillas, sus preferidas. Alex sonreía como nunca. Nicholas la cogió desde detrás, por la cintura, y le besó el pelo.

- Esto es para ti. Siempre será nuestro lugar secreto. »

Había recordado su amor con Nicholas todos los días desde que se marchó. Y ahora estaba allí. Él, era él. Una brillante felicidad estalló en el corazón de Alex, que salió al jardín y corrió bajo la lluvia hasta llegar a Nicholas.

- Te he echado de menos, forastero. – musitó.

Los ojos de él se bañaron en lágrimas y los dos se fundieron en un cálido abrazo, mientras Joe observaba la escena con una mezcla de alegría y celos.

Cuando Nicholas y Alex se separaron las manos de él buscaron las de ella.

- Yo también te he echado de menos Alex. Yo… - el joven calló de repente, al notar el anillo de compromiso en el dedo de ella. Soltó sus manos y se alejó un paso.

- Nick, puedes quedarte a pasar la noche si no tienes donde dormir. Eso es lo que hacen los hermanos. – dijo Joe, con una sonrisa forzada.

« Tú no tienes ni idea de lo que hacen los hermanos.» pensó Nicholas.

- Yo… - buscó una buena excusa, pero no encontró ninguna. – Yo… No puedo. Lo siento.

Giró lentamente, y se alejó a paso ligero. Evitó mirar atrás ya que si volvía a ver sonreír a Alex jamás sería capaz de alejarse de ella.

Ni Joe ni su mujer dijeron nada. Simplemente se quedaron bajo la lluvia, en silencio, observando cómo Nicholas se alejaba.

« La bicicleta cayó al suelo cuando la joven de cabello castaño saltó de ella y corrió hacia Nicholas. Una sonrisa radiante colgaba de su rostro y llevaba el pelo ondulado recogido en una larga cola. Su piel blanca parecía resplandecer bajo el sol de marzo y Nicholas la vio más bonita que nunca. Se agachó para coger una margarita amarilla y se la colocó a Alex en el pelo.

- A partir de ahora esta será mi flor favorita. Siempre me recordará a ti.

- ¡Espero que eso sea bueno! – rió Nicholas.

De pronto Alex se puso seria y se puso de puntillas para poder mirarle a los ojos fijamente.

- Jamás nada que tuviera que ver contigo podría ser malo. – aseguró, mientras apartaba un rizo de la frente de él.

Los ojos de Nicholas brillaron ante el comentario de ella y su primer impulso fue besarla, colocando una mano en su nuca. Alex alargó las manos, abrazando al chico y agarró la camisa, hundiendo los dedos en la espalda de él. Al separarse, ella susurró contra sus labios:

- Para siempre Nick. Esto es para siempre. »

No podía dejarla. Perfecta, era perfecta. Era la mujer de su vida. Nicholas rió bajo la lluvia. Entendió que nada importaba; ni Joe, ni los años distanciados. Absolutamente nada. Seguían siendo los mismos. Nicholas se llevó la mano al pecho y acarició con la yema de los dedos las dos chapas que colgaban de su collar. La primera era la de siempre; su nombre, su grupo sanguíneo, la indicación de su diabetes… La segunda, sin embargo, era especial. En la parte delantera estaban grabados su nombre y el de Alex, y en reverso ponía “FOREVER”. Eso era lo que estaba planeado. Un “siempre” juntos. Eso era lo que él quería… Y lo que tendrían. Nada ni nadie se lo impediría. Y para conseguirlo lo primero era volver a casa de Joe y Alex y disculparse.

Nicholas miró a su alrededor. No sabía dónde estaba, pero confiaba en que su instinto le llevara de vuelta a la mansión Jonas.

Un rato después el joven soldado estaba de pie frente a Alex, que había abierto la puerta.

- Nick, yo… Lo siento muchísimo. – se adelantó ella, antes de que Nicholas pudiera articular palabra.

- No. Soy yo el que lo siente. He venido a disculparme y a aceptar la invitación de quedarme aquí, si todavía sigue en pie.

Alex le miró, sorprendida por ese cambio de actitud, y al mirarle a los ojos lo entendió todo. Los ojos de Nicholas brillaban con la misma intensidad de siempre. Seguía amándola. Y nada aparte de eso le importaba.

Alex dio un paso al frente, y acarició el pelo del soldado, como tantas otras veces había hecho antes de que él se marchara al frente.

- Cuando he visto que estabas vivo he renacido Nick. Jamás te he olvidado. Jamás podría olvidarte. Te quiero.

Nicholas no pudo evitarlo. Rodeó con sus brazos a la esposa de su hermano y la besó, levantándola del suelo. Las piernas de ella rodearon la cintura de él y sus manos acariciaron su cuello. Él empezó a girar sobre sí mismo y entre besos y risas todo volvió a parecer sencillo.

- ¡Me mareo Nick! – rió la joven.

Nicholas la depositó en el suelo, sonriendo, y la miró en silencio.

- Nick…- murmuró, mientras sus mejillas se teñían de un color rosado a causa de la penetrante mirada de él.- prométeme algo: dime que esto sí que será para siempre, que nunca más volverás a irte. No soportaría más tiempo lejos d…

El sonido sordo de una bala cortando el aire inundó el ambiente. La voz de Alex se quebró, su mirada se tornó inexpresiva y su cuerpo inerte cayó al suelo.

Nicholas pudo observar a través de las lágrimas que inundaban sus ojos a Joe que, no muy lejos de él, sostenía una pistola. No sintió odio, ni rabia. Solo dolor. Un dolor lacerante que se extendía por todo su cuerpo y que le impedía pensar con claridad. Le habían arrancado a una parte de él.

Llorando, se arrancó el collar que llevaba al cuello y se arrodilló junto al cuerpo de Alex, que yacía en el suelo sobre un charco de sangre escarlata.

- Te lo prometo Alex. Será para siempre. – dijo el soldado mientras colocaba el collar en el cuello de ella y cogía su bolsa de lona del suelo. Veía borroso a través de sus ojos inundados, pero encontró lo que quería. Su pistola.

Nicholas se puso de pie y miró por última vez a su amor, justo antes de levantar la pistola, apuntando a su sien.

- ¡Noooooooooo! – gritó Joe, corriendo hacia su hermano.

Nicholas le miró, sabiendo que el esfuerzo que hacía era inútil.

- No te guardo rencor. – dijo, cerrando los ojos.

Justo después su cuerpo se desplomó en el suelo, como el de Alex. Por fin estaban juntos.

Nicholas Jerry Jonas despertó asustado, sudando. Había sido una pesadilla horrible sin duda, pero no había nada que temer. Alex dormía plácidamente a su lado y no había ninguna guerra por la que preocuparse.

Desperezándose, se levantó y fue a abrir la ventana. Era un bonito día de verano de 1939.

FIN


Nota: el 1 de septiembre de 1939 empezó la Segunda Guerra Mundial. [Él se despierta en verano. Sueño/premonición... chan chaaaan. Es la gracia del oneshot, pero pongo la nota por si alguien no sabía la fecha de comienzo de la guerra (: ]